lunes, 20 de febrero de 2012

Confucio y el Lenguaje


No son tiempos fáciles para el lenguaje. 
El apuro, la falta de lectura o, peor aún, el desdén, conspiran contra la palabra pensada.
Más allá de cuestiones estéticas, que no me parecen de menor importancia pero a las que estoy dispuesto a defender en otros momentos y lugares, creo advertir que detrás de la degradación del lenguaje se esconde un monstruo horrible: la pérdida de libertad.
Quien habla mal, es decir quien desconoce significados, confunde conceptos o directamente ignora la existencia de las palabras, ve fuertemente limitada su capacidad de pensar. Porque los seres humanos pensamos con palabras. Y si las desconocemos o confundimos, difícil nos resultará elaborar conceptos más o menos sofisticados. 
La ausencia de palabras nos conduce inevitablemente a la pereza en el pensamiento. Y al acotar nuestras reflexiones, limitamos nuestras opciones. Simplemente porque no las vemos. No debemos perder de vista que SOLO PODEMOS VER EL MUNDO QUE SOMOS CAPACES DE NOMBRAR.
Con la capacidad de advertir oportunidades así disminuida, se nos achican las posibilidades de elección. Y con ello se disminuye nuestra libertad. El concepto Sarmientino de "educar al soberano (a la población)" cobra, entonces, relevancia y actualidad.
Alguna vez leí que, cuando sus discípulos le preguntaron por dónde comenzaría, si de gobernar un país se tratara; Confucio les respondió: 
“Yo quisiera mejorar el lenguaje". 
Asombrados, sus discípulos le dijeron que esa respuesta nada tenía que ver con su pregunta. ¿Qué significaba mejorar el lenguaje? Y entonces Confucio aclaró:  
"Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto, no se permitan la arbitrariedad con las palabras. Si se tratara de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje"

sábado, 18 de febrero de 2012

El Bovarismo

Mi querido amigo, Alejandro Dolina, explica en uno de sus ensayos que suelo releer cada tanto, de qué se trata el “bovarismo”. Dice Alejandro que, si bien comúnmente se entiende que el bovarismo es un comportamiento caracterizado por la falta de autocrítica que finalmente lleva al individuo a imaginarse superior a su entorno social, creyéndose entonces merecedor de una consideración especial, destacada y privilegiada, en realidad la cuestión es aún más patética. No es que el bovarista se considere mejor que su entorno, sino que en realidad se advierte mejor que sí mismo.

En mi recorrido profesional, que a esta altura es mucho más extenso de lo que cualquier pronosticador sensato pudiese haber decretado al ser testigo de mis inicios, he encontrado muchos bovaristas. Y muchos de ellos eran personas bien encumbradas.
No se tarda mucho en comprender la naturaleza trágica de este dislate. Un bovarista encumbrado es, casi siempre, el primer eslabón de una tragedia, un desastre o, al menos y para no caer en el dramatismo, de un glamoroso gol en contra. Imaginemos los zafarranchos memorables que un plomero bovarista puede provocar.
Y si ascendemos en la escala de complejidad, los resultantes de las acciones de un cirujano bovarista. Buena parte de la pobreza, pérdida de oportunidades, desocupación y crisis económicas, se pueden explicar por la presencia de bovaristas en los puestos de comando. Seguramente el Capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, sufre el mal del que hablamos. Para impresionar quién sabe a quién, tal vez a su propio ego, decidió una maniobra para la cual no estaba preparado. No por lo menos en ese momento.
El ejemplo muestra que, mínimamente, el hombre sufrió un ataque de bovarismo agudo. Al imaginarse mejor, más ducho, más hábil que sí mismo, el desastre lo esperaba bajo la forma de una roca inoportuna.

Claro que el problema se completa, y se convierte en irresoluble, cuando el bovarismo se convierte en epidemia social. Llegado este caso, multitudes de bovaristas aplauden y entronizan a otros bovaristas un poco más osados que ellos. Inmersos en climas de euforia, imaginan futuros perfectos, inevitables triunfos y permanencias eternas.

Creo advertir que esto es lo que ocurre en el barrio donde vivo. Por algún motivo no explicado, las cosas empiezan a dejar de funcionar como los bovaristas oficiales habían determinado. Ni la luz alumbra tanto, ni los parques son tan verdes, ni la vereda está tan limpia. Porque tal vez este sea el destino final de todo bovarista: ser alcanzado por las consecuencias de sus propias acciones.

Por supuesto que ya escucho la voz airada de alguno de mis vecinos. Dirán que no se trata sino de la crítica de un auténtico bovarista.