viernes, 26 de octubre de 2012

Abrakadabra en el Teatro

Me produce una gran alegría anunciar que el domingo 11 de noviembre en Mar del Plata y el lunes 12 de noviembre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, presentaré "Abrakadabra: El Poder de la Palabra"

Serán aproximadamente dos  horas en las que, con la ayuda de cuentos, música y poesías, hemos de recorrer el mágico mundo de la comunicación humana.

Abrakadabra recoge mis experiencias y aprendizajes, logrados durante más de 25 de trabajo junto a Directores y Gerentes de varias de las más grandes empresas del mundo.
En la palabra humana se anida un gran poder de transformación. Juntos, hemos de comprender cómo aplicarlo a la vida de todos los días.

El 11 de noviembre a las 20:00 en el Teatro Güemes de Mar del Plata.
El 12 de noviembre a las 20:30 en el Multiteatro de Buenos Aires.
Las entradas estarán en venta a través de Plateanet.
Los espero. Ojalá puedan venir

martes, 7 de agosto de 2012

Chau, Amigo

¿Qué hacés, Chiquilín de Bachín?
Así me recibía Elio cada vez que nos encontrábamos. Por supuesto que la categoría de chiquilín que el saludo me adjudicaba tenía más que ver con el cariño que con la edad.
Creo advertir que los diez años que me llevaba lo hacían verme de esa manera. Y a mí me encantaba ese saludo.

Conocí a Elio Aprile durante el verano de 2009. Y puedo decir que fue una especie de "amor a primera vista".
Tengo que reconocer que suelo tener opiniones muy negativas sobre el mundo de la política en general, o más precisamente sobre los políticos.
Pero Elio vino a suspender mi escepticismo. Encontré en él a un tipo honesto, inteligente, culto, alegre, bondadoso. Para completar esta lista, descubrí que el hombre era futbolero e hincha de Boca.

Comenzamos de inmediato a construir una gran amistad. Descubríamos a cada momento coincidencias éticas, filosóficas y prácticas que nos hermanaban. Me divertía escuchar sus cuentos, me hacía llorar de risa su humor, y también llorar de emoción algunos de sus relatos sobre sus orígenes.
Fue peón de albañil, jugador de fútbol profesional, estudiante de filosofía e Intendente de Mar del Plata.
Pero fue, por sobre todas las cosas, Poeta y Profesor.
Amaba la docencia, y la ejercía de maravillas. Subyugaba con su discurso. Embriagaba con sus palabras.

Le pedí que me acompañara en mi tarea profesional, y aceptó gustoso. Compartimos así varias "giras" por la Argentina. Elio estaba feliz de trabajar juntos. Y yo disfrutaba cada momento como colegas.

Era un gran padre. Del tipo que yo intento ser. Padre de sus hijos, no amigo. Padre compinche sí, pero sin claudicar en la tarea de ser papá. Estando de viaje, sus llamados eran siempre para saber de ellos. Y el cariño con el que les hablaba era enternecedor.
Como gran padre que era, no podía ser distinto como hijo. Sentía devoción por sus viejos. Los cuidaba y se ocupaba de ellos sin descanso. Las historias que me contaba sobre su infancia, su adolescencia y sobre Pino, su papá, más de una vez me robaron una lágrima de emoción.

Sabía ser amigo. Y los tenía por decenas. Tuve la suerte de ser uno de ellos.
En el que iba a ser su último Día del Amigo, me envió un mensaje que decía: "Somos humanos, dolorosamente humanos, como para creer que podemos aplacar nuestras angustias bebiendo únicamente de la fuente de nuestra soledad. Encontrar la fuente del agua compartida: ésta es la esperanza mejor. Quien tiene amigos tiene fuentes de agua, aunque la sequía descascare al mundo."

Todos los sábados jugábamos al fútbol con nuestros hijos. Para quien no lo sabe, juro que hay pocas cosas más hermosas en la vida que jugar al fútbol con los hijos. Habíamos formado dos equipos. Los Aprile de un lado, los Grinstein del otro. Completaban las formaciones amigos de uno y otro bando.
Disfrutábamos enormemente de estas tenidas futboleras. Fueron partidos memorables, no seguramente por la calidad técnica, si por la felicidad de tirar paredes con los que sentimos y sabemos nuestros.

Y fue un sábado, justamente el sábado que jugara su mejor partido, cuando nos hizo la gambeta definitiva.
Nos despedimos como siempre, seguros de encontrarnos en un rato. Habíamos planeado cenar juntos esa noche.
Me dijo: "Diez menos cuarto pasame a buscar, Amigo"
Ya no volvería a escuchar su voz amiga.

Pocos días atrás Elio, recodando sus tiempos de político en actividad, me dijo algo que nunca olvidaré:
"César, la mayor agresión, la mayor violencia que puede sentir un hombre bueno, es que se dude de su honestidad"

Podés estar en paz, Elio Querido. Fuiste un ejemplo de honestidad.

Chau, Amigo.
Encarnaste, para mi, el regreso triunfal de los poetas.

Te voy a extrañar.


lunes, 20 de febrero de 2012

Confucio y el Lenguaje


No son tiempos fáciles para el lenguaje. 
El apuro, la falta de lectura o, peor aún, el desdén, conspiran contra la palabra pensada.
Más allá de cuestiones estéticas, que no me parecen de menor importancia pero a las que estoy dispuesto a defender en otros momentos y lugares, creo advertir que detrás de la degradación del lenguaje se esconde un monstruo horrible: la pérdida de libertad.
Quien habla mal, es decir quien desconoce significados, confunde conceptos o directamente ignora la existencia de las palabras, ve fuertemente limitada su capacidad de pensar. Porque los seres humanos pensamos con palabras. Y si las desconocemos o confundimos, difícil nos resultará elaborar conceptos más o menos sofisticados. 
La ausencia de palabras nos conduce inevitablemente a la pereza en el pensamiento. Y al acotar nuestras reflexiones, limitamos nuestras opciones. Simplemente porque no las vemos. No debemos perder de vista que SOLO PODEMOS VER EL MUNDO QUE SOMOS CAPACES DE NOMBRAR.
Con la capacidad de advertir oportunidades así disminuida, se nos achican las posibilidades de elección. Y con ello se disminuye nuestra libertad. El concepto Sarmientino de "educar al soberano (a la población)" cobra, entonces, relevancia y actualidad.
Alguna vez leí que, cuando sus discípulos le preguntaron por dónde comenzaría, si de gobernar un país se tratara; Confucio les respondió: 
“Yo quisiera mejorar el lenguaje". 
Asombrados, sus discípulos le dijeron que esa respuesta nada tenía que ver con su pregunta. ¿Qué significaba mejorar el lenguaje? Y entonces Confucio aclaró:  
"Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto, no se permitan la arbitrariedad con las palabras. Si se tratara de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje"

sábado, 18 de febrero de 2012

El Bovarismo

Mi querido amigo, Alejandro Dolina, explica en uno de sus ensayos que suelo releer cada tanto, de qué se trata el “bovarismo”. Dice Alejandro que, si bien comúnmente se entiende que el bovarismo es un comportamiento caracterizado por la falta de autocrítica que finalmente lleva al individuo a imaginarse superior a su entorno social, creyéndose entonces merecedor de una consideración especial, destacada y privilegiada, en realidad la cuestión es aún más patética. No es que el bovarista se considere mejor que su entorno, sino que en realidad se advierte mejor que sí mismo.

En mi recorrido profesional, que a esta altura es mucho más extenso de lo que cualquier pronosticador sensato pudiese haber decretado al ser testigo de mis inicios, he encontrado muchos bovaristas. Y muchos de ellos eran personas bien encumbradas.
No se tarda mucho en comprender la naturaleza trágica de este dislate. Un bovarista encumbrado es, casi siempre, el primer eslabón de una tragedia, un desastre o, al menos y para no caer en el dramatismo, de un glamoroso gol en contra. Imaginemos los zafarranchos memorables que un plomero bovarista puede provocar.
Y si ascendemos en la escala de complejidad, los resultantes de las acciones de un cirujano bovarista. Buena parte de la pobreza, pérdida de oportunidades, desocupación y crisis económicas, se pueden explicar por la presencia de bovaristas en los puestos de comando. Seguramente el Capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, sufre el mal del que hablamos. Para impresionar quién sabe a quién, tal vez a su propio ego, decidió una maniobra para la cual no estaba preparado. No por lo menos en ese momento.
El ejemplo muestra que, mínimamente, el hombre sufrió un ataque de bovarismo agudo. Al imaginarse mejor, más ducho, más hábil que sí mismo, el desastre lo esperaba bajo la forma de una roca inoportuna.

Claro que el problema se completa, y se convierte en irresoluble, cuando el bovarismo se convierte en epidemia social. Llegado este caso, multitudes de bovaristas aplauden y entronizan a otros bovaristas un poco más osados que ellos. Inmersos en climas de euforia, imaginan futuros perfectos, inevitables triunfos y permanencias eternas.

Creo advertir que esto es lo que ocurre en el barrio donde vivo. Por algún motivo no explicado, las cosas empiezan a dejar de funcionar como los bovaristas oficiales habían determinado. Ni la luz alumbra tanto, ni los parques son tan verdes, ni la vereda está tan limpia. Porque tal vez este sea el destino final de todo bovarista: ser alcanzado por las consecuencias de sus propias acciones.

Por supuesto que ya escucho la voz airada de alguno de mis vecinos. Dirán que no se trata sino de la crítica de un auténtico bovarista.