martes, 9 de abril de 2013

Y lo demás no importa nada

Después de muchas cavilaciones propias, ajenas insistencias e incompletos arrepentimientos, he finalizado de escribir mi segundo libro. Llevará por nombre el mismo que tuviera mi programa de radio: Abracadabra. 
No faltará quien se pregunte si no sufro yo de algún “complejo de Merlín” oculto, pero he de apresurarme a decir que el título se debe a mi convencimiento del enorme poder transformador que la palabra engendra. Y no he encontrado mejor denominación para un trabajo que, precisamente, intenta explicar una parte, al menos, de semejante potencial.

A modo de adelanto, comparto con ustedes el epílogo del nuevo libro. Encontrarán que en el mismo hablo de otra de mis obsesiones: La Libertad.

En el año 1819, el General San Martín entendió que su Plan Continental para la independencia de América del Sur se encontraba en una encrucijada. Cuestiones políticas provenientes tanto de Santiago como de Buenos Aires mantenían a su Ejército de Los Andes prácticamente inmovilizado. La moral, lógicamente, comenzaba a decaer entre sus filas.

Fue entonces cuando lanzó la célebre Proclama al Ejército de Los Andes. En ella, un encendido San Martín habla de los peligros que acechan a la Revolución e insta a sus tropas a continuar la lucha de la manera que se pueda. Si no hubiera dinero, carne y tabaco no habrían de faltar. Y si se acabara el vestuario, y no quedaran ni las “bayetitas” que les confeccionaban sus mujeres, “andaremos en pelotas, como nuestros paisanos los indios”.
Lo único trascendente era no abandonar la lucha. Y así lo expresaba el Libertador.
Pero hay en la Proclama una frase que emociona, que marca el núcleo del pensamiento sanmartiniano y que, estimo, debiera resonar en las conciencias de todos los hombres y mujeres que aman la vida y las oportunidades que ella nos ofrece:

“Seamos libres y lo demás no importa nada”
Este pedido de ser libres y esta declaración de que lo demás no importa en absoluto, constituye, debo reconocerlo, el valor fundamental de mi vida. Estoy absolutamente seguro de que todo lo demás (fortuna, logros, recompensas, incluso salud) pierden sentido si no podemos gozar y ejercer el que considero el único derecho natural de los seres humanos: Vivir en libertad, ejerciendo la potestad de elegir cómo hacerlo, dónde hacerlo, con qué medios y con qué compañeros de ruta.
Creo advertir que hasta el amor empalidece si uno no es libre. Porque siendo el amor la expresión más sublime del alma y la conciencia humanas, solamente puede existir plenamente en un alma y una conciencia que sean primero y ante todo, libres. Solamente elhombre o la mujer libre puede amar en plenitud. Porque amar no es una emoción que se experimenta en soledad. El amor necesita de una interacción sin más límites que los de la propia moral, se nutre de compartir la existencia con el ser amado para poder, efectivamente, amarlo. Sin libertad para estar juntos, el amor es sólo teoría. El amor sin libertad es apenas anhelo. Es deseo pero no acción.

Amar es poder elegir, a la vez que aceptar las elecciones del otro. Y poder elegir es la condición básica de la libertad incondicional. Cuando amamos, el objeto de nuestro amor es la persona y los valores que esa persona representa para nosotros. Pero sin libertad de elegir, resulta imposible escoger los valores. Sin libertad nos volvemos estoicos. Y, con el tiempo, incapaces de amar.


Sin libertad, nuestro espíritu queda cercenado. Y, como dice el Coronel Slade en su inolvidable alegato al finalizar “Perfume de mujer”: “no existe algo más espantoso que un espíritu mutilado. No hay prótesis para eso”.


A lo largo de la historia, muchos hombres y mujeres dejaron sus vidas luchando por su libertad. Creo firmemente que cuando alguien lucha por su propia libertad, lucha por la libertad de todos. Porque esa lucha nos recuerda que el ser humano no debe ser nunca el medio para nada ni para nadie. El ser humano es un fin en sí mismo. La lucha de esos hombres y mujeres por su libertad es la lucha por ser ellos mismos. Es, entonces, la lucha de todos los hombres y mujeres de buena voluntad que habitan en el mundo.


Abracadabra, este libro que ahora llega a su fin, ha tenido el propósito de ser un aporte, humilde pero el mejor que yo pude realizar, a la libertad básica de la persona. El Poder Transformador de la Palabra es una de las fuerzas más conmovedoras para alcanzar y ejercer la libertad. El Poder de la Palabra, ejercido con humildad, compasión y respeto, es un arma invencible para oponer a la violencia, al engaño y a la prepotencia. Y aún en estos tiempos aparentemente modernos y civilizados, conviene estar atentos a la aparición de amenazas a nuestra libertad personal.


Ejercer nuestra libertad es un imperativo moral. Me gusta recordar que cada uno de los lectores de este libro, ha llegado hasta el mismo por elección. Pudiendo no haberlo leído, cada uno de ustedes eligió leerlo. Si ha llegado hasta aquí, fue como hombre o mujer libre. Celebro que así sea. Porque necesitamos más lectores, más personas que ejerzan la libertad de elegir qué leer, para poder aumentar la libertad de elegir qué pensar. En la actualidad, es muy probable que la lucha por nuestra libertad se lleve a cabo en las páginas de los libros. Y, lamentablemente, no parece ser una lucha en la que estemos ganando.


Hace unos meses llegó a mi escritorio un informe sobre la lectura como actividad en los días que corren. Entre los muchos datos que allí figuraban, hubo un aspecto que llamó poderosamente mi atención. Era la estadística sobre la cantidad de libros por año que se leen en diferentes partes del mundo. Se me podrá objetar que cantidad no significa calidad, pero ante la rotunda magnitud de las cifras no pude menos que experimentar una gran preocupación.


Los números indican que el país con mayor actividad de lectura es Japón. En promedio cada habitante lee allí 9 libros por año. En segundo lugar se ubica Estados Unidos de Norteamérica, con 8,8 libros por año. Muy lejos, aparece la Argentina. ¿Sus números? Apenas 0,5 libros por año.


La cifra asusta. En la República Argentina, un habitante promedio lee un libro cada dos años.

Estamos, por lo tanto, olvidando la palabra. Estamos dejando de conocer palabras nuevas. Y, dado que los seres humanos pensamos con palabras, estamos deteriorando nuestra capacidad de pensar, de reflexionar. Nos vamos volviendo menos inteligentes.

Decía que la batalla por nuestra libertad se está llevando a cabo en las páginas de los libros. Cada libro que leemos, cada frase que rescatamos, cada pensamiento que elaboramos se constituye en testimonio de nuestra existencia. Pensar, reflexionar, es lo que nos convierte en el tipo de ser vivo que somos. Abandonar la lectura significa renunciar al destino de grandeza del ser humano.


Hay batallas que se deben dar, aunque su resultado pueda ser la derrota. Ya hemos dicho que el trabajo de un héroe no es evitar su destino sino, más bien, cumplirlo.


Como alguna vez, en un lejano siglo XII William Wallace les dijera a un puñado de escoceses que luchaban por su libertad: “Cada uno de ustedes ha llegado hasta este campo de batalla como hombre libre. Porque eso es lo que son: Hombres Libres. ¿Qué sería de nosotros sin la Libertad?

Ellos son miles y nosotros apenas un puñado. Nuestro primer impulso no es pelear, sino correr. Correr y conservar la vida.
Es cierto. Si peleamos, es muy posible que seamos derrotados y muertos. Corramos y viviremos, al menos un poco más, al menos esta noche. O tal vez, hemos de morir en nuestras camas, dentro de algunos años. Pero les aseguro que si vivimos así, cada uno de nosotros habrá querido entregar todos los días que vivamos a partir del día de hoy, a cambio de una oportunidad, tan sólo una, de volver a ser jóvenes como hoy lo somos, de tener a los tiranos frente a nosotros, como hoy los tenemos, y gritarles en la cara que podrán quitarnos nuestra vida, pero ¡jamás, jamás, jamás, podrán quitarnos nuestra libertad!”.

Hasta aquí llegamos juntos. Usted y yo, Agradezco su esfuerzo. Es momento de saludarnos y continuar nuestros caminos. Que si este libro ha tenido sentido, surcarán parajes vecinos y apuntarán hacia horizontes cercanos.


Vaya entonces mi despedida, a modo de deseos: Ojalá que este puñado de ideas ayude a perseguir tus sueños con constancia y sin renunciamientos. Ojalá que disfrutes de esa sensación única que provoca tener aún la vida por delante. Que sean cuales fueren tus oficios o profesiones, realices tu tarea con orgullo y paciencia. Que celebres tus éxitos y aprendas de tus fallas, que por necesidad existirán, pero nunca serán definitivas. Ojalá que tengas la valentía para conservar tus valores pase lo que pase, y que consigas convertir tus caídas en desafíos. Que recuerdes siempre que es posible construir la vida como una obra de arte. Y las grandes obras de arte se construyen con habilidad, por supuesto, pero sobre todo con perseverancia. Que tengas presente que, pese a que puede haber desengaños, el mundo está lleno de héroes anónimos que se esfuerzan por no caer en el desaliento.

Ojalá que disfrutes tu libertad, y que respetes la libertad de los otros.
Que te permitas soñar. Que tus sueños sean tan grandes que no te dejen dormir.
Y ojalá que rías, y llores, y corras, y saltes, y cantes, todos los días un poco.
Ojalá que seamos libres.

Y lo demás no importa nada.


Abracadabra. 

viernes, 26 de octubre de 2012

Abrakadabra en el Teatro

Me produce una gran alegría anunciar que el domingo 11 de noviembre en Mar del Plata y el lunes 12 de noviembre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, presentaré "Abrakadabra: El Poder de la Palabra"

Serán aproximadamente dos  horas en las que, con la ayuda de cuentos, música y poesías, hemos de recorrer el mágico mundo de la comunicación humana.

Abrakadabra recoge mis experiencias y aprendizajes, logrados durante más de 25 de trabajo junto a Directores y Gerentes de varias de las más grandes empresas del mundo.
En la palabra humana se anida un gran poder de transformación. Juntos, hemos de comprender cómo aplicarlo a la vida de todos los días.

El 11 de noviembre a las 20:00 en el Teatro Güemes de Mar del Plata.
El 12 de noviembre a las 20:30 en el Multiteatro de Buenos Aires.
Las entradas estarán en venta a través de Plateanet.
Los espero. Ojalá puedan venir

martes, 7 de agosto de 2012

Chau, Amigo

¿Qué hacés, Chiquilín de Bachín?
Así me recibía Elio cada vez que nos encontrábamos. Por supuesto que la categoría de chiquilín que el saludo me adjudicaba tenía más que ver con el cariño que con la edad.
Creo advertir que los diez años que me llevaba lo hacían verme de esa manera. Y a mí me encantaba ese saludo.

Conocí a Elio Aprile durante el verano de 2009. Y puedo decir que fue una especie de "amor a primera vista".
Tengo que reconocer que suelo tener opiniones muy negativas sobre el mundo de la política en general, o más precisamente sobre los políticos.
Pero Elio vino a suspender mi escepticismo. Encontré en él a un tipo honesto, inteligente, culto, alegre, bondadoso. Para completar esta lista, descubrí que el hombre era futbolero e hincha de Boca.

Comenzamos de inmediato a construir una gran amistad. Descubríamos a cada momento coincidencias éticas, filosóficas y prácticas que nos hermanaban. Me divertía escuchar sus cuentos, me hacía llorar de risa su humor, y también llorar de emoción algunos de sus relatos sobre sus orígenes.
Fue peón de albañil, jugador de fútbol profesional, estudiante de filosofía e Intendente de Mar del Plata.
Pero fue, por sobre todas las cosas, Poeta y Profesor.
Amaba la docencia, y la ejercía de maravillas. Subyugaba con su discurso. Embriagaba con sus palabras.

Le pedí que me acompañara en mi tarea profesional, y aceptó gustoso. Compartimos así varias "giras" por la Argentina. Elio estaba feliz de trabajar juntos. Y yo disfrutaba cada momento como colegas.

Era un gran padre. Del tipo que yo intento ser. Padre de sus hijos, no amigo. Padre compinche sí, pero sin claudicar en la tarea de ser papá. Estando de viaje, sus llamados eran siempre para saber de ellos. Y el cariño con el que les hablaba era enternecedor.
Como gran padre que era, no podía ser distinto como hijo. Sentía devoción por sus viejos. Los cuidaba y se ocupaba de ellos sin descanso. Las historias que me contaba sobre su infancia, su adolescencia y sobre Pino, su papá, más de una vez me robaron una lágrima de emoción.

Sabía ser amigo. Y los tenía por decenas. Tuve la suerte de ser uno de ellos.
En el que iba a ser su último Día del Amigo, me envió un mensaje que decía: "Somos humanos, dolorosamente humanos, como para creer que podemos aplacar nuestras angustias bebiendo únicamente de la fuente de nuestra soledad. Encontrar la fuente del agua compartida: ésta es la esperanza mejor. Quien tiene amigos tiene fuentes de agua, aunque la sequía descascare al mundo."

Todos los sábados jugábamos al fútbol con nuestros hijos. Para quien no lo sabe, juro que hay pocas cosas más hermosas en la vida que jugar al fútbol con los hijos. Habíamos formado dos equipos. Los Aprile de un lado, los Grinstein del otro. Completaban las formaciones amigos de uno y otro bando.
Disfrutábamos enormemente de estas tenidas futboleras. Fueron partidos memorables, no seguramente por la calidad técnica, si por la felicidad de tirar paredes con los que sentimos y sabemos nuestros.

Y fue un sábado, justamente el sábado que jugara su mejor partido, cuando nos hizo la gambeta definitiva.
Nos despedimos como siempre, seguros de encontrarnos en un rato. Habíamos planeado cenar juntos esa noche.
Me dijo: "Diez menos cuarto pasame a buscar, Amigo"
Ya no volvería a escuchar su voz amiga.

Pocos días atrás Elio, recodando sus tiempos de político en actividad, me dijo algo que nunca olvidaré:
"César, la mayor agresión, la mayor violencia que puede sentir un hombre bueno, es que se dude de su honestidad"

Podés estar en paz, Elio Querido. Fuiste un ejemplo de honestidad.

Chau, Amigo.
Encarnaste, para mi, el regreso triunfal de los poetas.

Te voy a extrañar.


lunes, 20 de febrero de 2012

Confucio y el Lenguaje


No son tiempos fáciles para el lenguaje. 
El apuro, la falta de lectura o, peor aún, el desdén, conspiran contra la palabra pensada.
Más allá de cuestiones estéticas, que no me parecen de menor importancia pero a las que estoy dispuesto a defender en otros momentos y lugares, creo advertir que detrás de la degradación del lenguaje se esconde un monstruo horrible: la pérdida de libertad.
Quien habla mal, es decir quien desconoce significados, confunde conceptos o directamente ignora la existencia de las palabras, ve fuertemente limitada su capacidad de pensar. Porque los seres humanos pensamos con palabras. Y si las desconocemos o confundimos, difícil nos resultará elaborar conceptos más o menos sofisticados. 
La ausencia de palabras nos conduce inevitablemente a la pereza en el pensamiento. Y al acotar nuestras reflexiones, limitamos nuestras opciones. Simplemente porque no las vemos. No debemos perder de vista que SOLO PODEMOS VER EL MUNDO QUE SOMOS CAPACES DE NOMBRAR.
Con la capacidad de advertir oportunidades así disminuida, se nos achican las posibilidades de elección. Y con ello se disminuye nuestra libertad. El concepto Sarmientino de "educar al soberano (a la población)" cobra, entonces, relevancia y actualidad.
Alguna vez leí que, cuando sus discípulos le preguntaron por dónde comenzaría, si de gobernar un país se tratara; Confucio les respondió: 
“Yo quisiera mejorar el lenguaje". 
Asombrados, sus discípulos le dijeron que esa respuesta nada tenía que ver con su pregunta. ¿Qué significaba mejorar el lenguaje? Y entonces Confucio aclaró:  
"Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto, no se permitan la arbitrariedad con las palabras. Si se tratara de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje"

sábado, 18 de febrero de 2012

El Bovarismo

Mi querido amigo, Alejandro Dolina, explica en uno de sus ensayos que suelo releer cada tanto, de qué se trata el “bovarismo”. Dice Alejandro que, si bien comúnmente se entiende que el bovarismo es un comportamiento caracterizado por la falta de autocrítica que finalmente lleva al individuo a imaginarse superior a su entorno social, creyéndose entonces merecedor de una consideración especial, destacada y privilegiada, en realidad la cuestión es aún más patética. No es que el bovarista se considere mejor que su entorno, sino que en realidad se advierte mejor que sí mismo.

En mi recorrido profesional, que a esta altura es mucho más extenso de lo que cualquier pronosticador sensato pudiese haber decretado al ser testigo de mis inicios, he encontrado muchos bovaristas. Y muchos de ellos eran personas bien encumbradas.
No se tarda mucho en comprender la naturaleza trágica de este dislate. Un bovarista encumbrado es, casi siempre, el primer eslabón de una tragedia, un desastre o, al menos y para no caer en el dramatismo, de un glamoroso gol en contra. Imaginemos los zafarranchos memorables que un plomero bovarista puede provocar.
Y si ascendemos en la escala de complejidad, los resultantes de las acciones de un cirujano bovarista. Buena parte de la pobreza, pérdida de oportunidades, desocupación y crisis económicas, se pueden explicar por la presencia de bovaristas en los puestos de comando. Seguramente el Capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, sufre el mal del que hablamos. Para impresionar quién sabe a quién, tal vez a su propio ego, decidió una maniobra para la cual no estaba preparado. No por lo menos en ese momento.
El ejemplo muestra que, mínimamente, el hombre sufrió un ataque de bovarismo agudo. Al imaginarse mejor, más ducho, más hábil que sí mismo, el desastre lo esperaba bajo la forma de una roca inoportuna.

Claro que el problema se completa, y se convierte en irresoluble, cuando el bovarismo se convierte en epidemia social. Llegado este caso, multitudes de bovaristas aplauden y entronizan a otros bovaristas un poco más osados que ellos. Inmersos en climas de euforia, imaginan futuros perfectos, inevitables triunfos y permanencias eternas.

Creo advertir que esto es lo que ocurre en el barrio donde vivo. Por algún motivo no explicado, las cosas empiezan a dejar de funcionar como los bovaristas oficiales habían determinado. Ni la luz alumbra tanto, ni los parques son tan verdes, ni la vereda está tan limpia. Porque tal vez este sea el destino final de todo bovarista: ser alcanzado por las consecuencias de sus propias acciones.

Por supuesto que ya escucho la voz airada de alguno de mis vecinos. Dirán que no se trata sino de la crítica de un auténtico bovarista.